Tras Radiant Orchid, elegido color del año 2014, Pantone seleccionó Marsala 18-1438 como color del año 2015. Un tono profundo y terroso, situado entre el rojo vino, el óxido y los matices de frutos rojos.
1. Ronde Pendant · Oliver Schick para Gubi. 2. Silla Eames Aluminum Group · Charles y Ray Eames.
El nombre procede del vino Marsala, producido en Sicilia, y describe bien su carácter: un color cálido, intenso y sofisticado, con matices que pueden recordar al vino tinto, a ciertas tonalidades de tierra o incluso al pimentón.
Frente a colores más brillantes o saturados, Marsala funcionaba especialmente bien en interiores por su facilidad para combinar con materiales naturales, madera, cuero, metales cálidos y tonos neutros.
Su elección en 2015 hizo que apareciera rápidamente en moda, mobiliario, objetos decorativos y propuestas de interiorismo. Como ocurre con todos los colores del año, la cuestión interesante no era tanto seguir una tendencia como descubrir nuevas combinaciones y formas de incorporarlo a los espacios.
Visto hoy, Marsala queda como una buena fotografía de las tendencias cromáticas de aquel momento y de la influencia que Pantone llegó a ejercer sobre el diseño, la moda y el interiorismo.
Celia Méndez para Bfresh
La contaminación atmosférica sigue siendo uno de los principales riesgos ambientales para la salud. La Organización Mundial de la Salud estima que la contaminación del aire exterior está asociada a unos 4,2 millones de muertes prematuras al año. Una mejor gestión de la energía, el transporte y los entornos urbanos puede reducir emisiones y otros contaminantes y contribuir, al mismo tiempo, a mitigar los efectos del cambio climático.
Vista de Londres envuelta en una nube de contaminación. Fotografía: John Esslinger.
La Torre de Especialidades del Hospital General Dr. Manuel Gea González, en Ciudad de México, incorpora una fachada diseñada para contribuir a reducir determinados contaminantes presentes en el aire. El sistema, instalado sobre unos 2.500 m² de fachada, utiliza módulos tridimensionales proSolve370e.
Estructura modular proSolve370e.
El sistema fue desarrollado por Elegant Embellishments. Los módulos incorporan un recubrimiento de dióxido de titanio (TiO₂) que, activado por la luz, actúa como fotocatalizador y transforma determinados contaminantes atmosféricos en compuestos menos nocivos.
Su geometría tridimensional no es únicamente ornamental: aumenta la superficie expuesta a la luz y al aire y favorece el funcionamiento del recubrimiento fotocatalítico. Según las estimaciones asociadas al proyecto, la fachada puede neutralizar una cantidad de contaminantes equivalente aproximadamente a la generada por 1.000 vehículos al día en su entorno.
La aplicación de materiales fotocatalíticos a fachadas, pavimentos y otros elementos urbanos ha dado lugar a distintas experiencias destinadas a reducir determinados contaminantes del aire. La tecnología no sustituye las políticas de reducción de emisiones, pero plantea una línea interesante de investigación sobre el papel activo que pueden desempeñar los materiales de construcción.
Otro ejemplo es el Palazzo Italia, construido para la Expo de Milán 2015. Su envolvente utiliza i.active BIODYNAMIC, un material cementicio con principio fotocatalítico capaz de transformar determinados contaminantes presentes en el aire en compuestos inertes.
Más de una década después de estos primeros proyectos, la cuestión sigue siendo relevante: hasta qué punto los edificios pueden dejar de ser únicamente consumidores de recursos y empezar a incorporar materiales y sistemas capaces de interactuar de forma positiva con su entorno.
En las parcelas estrechas de los suburbios de Melbourne, conseguir que el sol llegue al interior de una vivienda puede convertirse en el verdadero punto de partida del proyecto.
Eso es precisamente lo que ocurre en Hill House, una ampliación residencial realizada por Andrew Maynard Architects para una familia de cinco miembros.
La vivienda existente había sufrido una ampliación en los años noventa que había reducido todavía más la entrada de luz y generado espacios profundos y oscuros. En lugar de prolongar nuevamente la casa desde su parte posterior, los arquitectos decidieron cambiar completamente la estrategia.
La nueva construcción se sitúa junto al límite sur de la parcela. De esta forma puede abrirse hacia el norte —la orientación más favorable en el hemisferio sur— y aprovechar la radiación solar durante el invierno.
El antiguo patio trasero deja así de ser un espacio residual y pasa a convertirse en el centro de la vivienda, rodeado por las distintas piezas del conjunto.
La casa original se conserva y se destina principalmente a los dormitorios de los hijos, mientras la ampliación incorpora las áreas comunes.
Una parcela con poco soleamiento se convierte en la oportunidad para reorganizar completamente la forma de habitar la casa.
Una vez colocada la nueva pieza al fondo de la parcela apareció otra cuestión: cómo convertir su fachada norte, ahora soleada, en un lugar realmente utilizable.
La respuesta fue abandonar la idea de una fachada convencional y prolongar el edificio mediante una gran superficie inclinada cubierta de césped.
La cubierta se convierte así en una pequeña colina artificial que prolonga el jardín y permite sentarse, tumbarse, jugar o simplemente aprovechar el sol.
Arquitectura y paisaje dejan de percibirse como elementos independientes. La propia cubierta del edificio pasa a formar parte del espacio exterior de la vivienda.
La estrategia ambiental de Hill House va bastante más allá de su cubierta verde. La posición de la ampliación se decidió precisamente para optimizar la ganancia solar pasiva y reducir la necesidad de climatización mecánica.
Las nuevas ventanas incorporan doble acristalamiento con tratamiento Low-E. En las fachadas este y oeste se utilizan lamas operables y toda la fachada norte puede regularse para controlar tanto la entrada de sol como la ventilación cruzada.
La superficie ajardinada de la colina funciona además como una capa adicional de aislamiento sobre la planta baja y protege la impermeabilización. En el resto del edificio se utiliza una cubierta blanca de alta reflectancia para reducir la ganancia térmica durante los meses más cálidos.
También aparecen decisiones vinculadas a los materiales: contrachapados con bajas emisiones de compuestos orgánicos volátiles y madera procedente de plantaciones controladas.
Lo interesante es que ninguna de estas estrategias intenta convertirse en la imagen principal de la casa. La sostenibilidad forma parte de las decisiones de proyecto y de construcción, no de una estética añadida.
La intervención modifica incluso el acceso habitual a la vivienda. En lugar de entrar por la fachada principal y recorrer un largo pasillo junto a los dormitorios privados, la familia accede ahora desde la parte posterior.
La cocina se convierte en el verdadero centro de llegada. Desde ella se conectan directamente la zona de estar, el jardín, la nueva ampliación y la vivienda original.
Es un cambio pequeño en apariencia, pero importante en la organización doméstica: los espacios comunes pasan a ocupar el centro de la vida familiar y las habitaciones quedan en una zona más privada.
Hill House resulta especialmente interesante porque su forma no nace de buscar una imagen extravagante. La pendiente verde, la posición de la ampliación y la nueva organización interior aparecen como respuestas a problemas muy concretos: soleamiento, privacidad, eficiencia, espacio exterior y funcionamiento familiar.
La arquitectura aprovecha así las restricciones de una parcela estrecha para generar una forma de habitar diferente.
Y una simple ampliación termina convirtiendo el patio trasero en una pequeña colina.
Hill House · Andrew Maynard Architects · Melbourne, Australia · fotografías: Nic Granleese.
Más información: Hill House · Austin Maynard Architects