En 2014, la estación londinense de Blackfriars, situada sobre el Támesis, culminó una profunda transformación que incorporó una de las instalaciones fotovoltaicas más singulares de Europa: miles de paneles solares integrados sobre la cubierta del puente ferroviario.
El proyecto convirtió una infraestructura de origen victoriano en una estación contemporánea capaz de combinar transporte, rehabilitación y producción de energía renovable.
La nueva cubierta incorpora aproximadamente 4.400 paneles fotovoltaicos distribuidos sobre unos 6.000 m². Con una potencia instalada cercana a 1,1 MWp, el sistema fue concebido para generar alrededor de 900.000 kWh de electricidad al año.
En el momento de su puesta en servicio, esa producción permitía cubrir aproximadamente la mitad de las necesidades eléctricas de la estación y evitar unas 500 toneladas anuales de emisiones de CO₂.
Blackfriars demuestra cómo una infraestructura existente puede transformarse incorporando producción energética sin renunciar a su función principal.
Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es precisamente que la estrategia energética se integra en la rehabilitación de una infraestructura histórica, en lugar de plantearse como una actuación independiente.
La estación fue ampliada sobre el propio puente ferroviario, creando nuevos accesos a ambos lados del Támesis y una gran cubierta continua capaz de alojar simultáneamente los andenes, los sistemas técnicos y la instalación fotovoltaica.
La intervención permite leer el puente de otra manera: ya no funciona únicamente como soporte del ferrocarril, sino también como superficie capaz de producir energía.
La actuación de Blackfriars no se limitó a cubrir el edificio con módulos fotovoltaicos. El proyecto incorporó también otras medidas destinadas a reducir el consumo de recursos, como sistemas de iluminación eficiente y recogida y reutilización de agua de lluvia.
La sostenibilidad aparece así integrada dentro del conjunto de decisiones de proyecto: rehabilitación de la estructura existente, mejora del funcionamiento de la estación, generación de energía renovable y reducción del consumo.
Ese enfoque resulta especialmente interesante porque evita entender la sostenibilidad como una tecnología añadida al final del proceso. La instalación solar forma parte de la propia arquitectura de la nueva estación y de su manera de funcionar.
La gran cubierta fotovoltaica transformó también la presencia de la estación sobre el Támesis. Vista desde el río, la superficie solar se convierte en uno de los elementos más reconocibles del conjunto y hace visible una infraestructura energética que normalmente permanecería oculta.
Cuando se completó en 2014, Blackfriars fue presentada como el mayor puente solar del mundo. Más allá de ese récord, el interés del proyecto está en demostrar que las infraestructuras existentes pueden adaptarse, mejorar su comportamiento energético y asumir nuevas funciones sin necesidad de sustituirlas completamente.
Celia Méndez para Bfresh